Wednesday, February 16, 2005

Olor a cabeza

Debo reconocer que algunas veces no me destaco por mi amor al hombre, refiriéndome con esta palabra a la gente, es decir a hombres y mujeres por igual. No importa que sean ancianos, adolescentes, niños (aunque en menores proporciones) o bebés. Es cierto, yo no podría haber sido Jesucristo, o al menos, no habría podido ser esa imagen que nos han vendido de él y que al final de cuentas podría ser falsa. Pero bueno, eso no viene al caso. Lo que quiero expresar en éste momento es que ese sentimiento de amor hacia la gente es cada vez más raro. Tanto, que me atrevería a decir que tiende a desaparecer. Si usted observara una curva de mi amor por la gente a lo largo del tiempo, constataría inmediatamente que se trata de una función decreciente. No sé a que se deba este sentimiento exactamente ni tengo tampoco idea de cuando empezó. Sólo se que la mayoría del tiempo que salgo a la calle siento un incontrolable fastidio por las personas que pasan a mi lado. Detesto entrar a un bus y sentir el olor de la gente, oír lo que dicen y en especial sentir sus cuerpos. La peor parte es cuando el bus se acerca al paradero en que debo bajarme y debo dirigirme hacia la salida y hay gente en el corredor. Odio con toda mi alma tener que rozar mi cuerpo con el de un desconocido a pesar de los múltiples cuidados que tengo al pasar cerca. Suelo pedir respetuosamente permiso para pasar y algunas personas acceden a desplazarse una distancia prudente para evitar el contacto. Sin embargo, otras parecen no tener oídos, se hacen los sordos o simplemente no hay espacio en el vehículo y entonces el contacto corporal se hace inevitable. Es en ese momento cuando tomo profundamente aire, preferiblemente por la ventana (ya que prefiero respirar el humo contaminado de la calle al hedor de la gente) y contraigo mi cuerpo al máximo haciéndome lo más delgado posible. Asumo una posición paralela a los cuerpos y me desplazo lateralmente conteniendo el aire, minimizando así el área de contacto y facilitando mi salida de aquel calvario. Definitivamente desde ese punto de vista el automóvil es el mejor invento que el hombre pudo tener y es la mejor solución al problema de la minimización del contacto corporal humano en los medios de transporte masivos.

Pero se dice que por lo general, cuando el hombre soluciona un inconveniente, lo hace creando mínimo dos nuevos problemas. Así es que el transporte en carro, no podía ser perfecto tampoco. Es cierto, ya no existe ese ambiente tibio y hediondo de los buses pues uno es el amo y señor de la ventana. Nadie le puede decir a uno que cierre la ventana porque tienen frío o porque se mojan. No. En su carro usted puede tener la ventana abierta y respirar profundamente aquel aire frío mezclado con altas dosis de monóxido de carbono propio de la ciudad. Pero como lo dije antes, prefiero mil veces el olor a humo negro que el aire pestilente de la transpiración humana. Dentro de la interminable lista de fragancias que se evitan en el transporte particular, se encuentran el hedor a amoniaco axilar, la cebolla, el ajo, la halitosis crónica, el olor a heces fecales,…, pero de todos el peor: el olor a cabeza. Y no me refiero aquí al olor de un shampoo o de un acondicionador capilar en particular. Hablo de aquel olor propio de la piel que rodea la parte superior del cráneo. Esa sustancia grasienta y hedionda que recubre el cuero cabelludo y cuyo hedor aumenta exponencialemnte con los rayos del sol.

Thursday, February 03, 2005

El lunes pasado estuve comiendo con una amiga y descubrí que no soy el único que tiene ese tipo de fobias particulares. Me causó en particular mucha gracia escuchar esto:

1) Le produce enorme repulsión cuando le dan las vueltas (el cambio) y las monedas están tibias.
2) Le da asco que le den la mano para ayudarla a bajar del bus.